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¿Qué estamos alimentando?

Hace unos tres años, en un momento en el que mi sobrepeso estaba empezando a afectar mi salud, decidí incursionar en el cuidado de mi alimentación. Como estábamos en confinamiento por la pandemia, no podía permitirme ir al nutriólogo, por lo que empecé a ver videos en YouTube acerca de la nutrición y alimentación. En una de esas tardes en las que me sentaba frente a la computadora a ver videos para anotar, me encontré con uno en particular que hablaba acerca de las razones por las que nuestro cuerpo nos pedía comida que no era saludable.

El doctor dijo que en nuestro intestino grueso se encuentran bacterias, entre las cuales aparecen algunas que tienen una función positiva en el organismo y otras que no. Dependiendo de cuál de las dos abunde más en nuestro sistema digestivo, será la demanda del cuerpo de uno u otro alimento.


Si nuestros intestinos están llenos de bacterias nocivas, nuestro cuerpo nos pedirá que vayamos al puesto de comida rápida más cercano e ingiramos una hamburguesa toda grasosa. En cambio, si las bacterias buenas son las que se han proliferado, nuestro apetito rechazará las grasas no saludables y preferirán comerse un rico plato de ensalada con pechuga a la plancha.

Esto no solo me ayudó significativamente a elegir mejor mis alimentos, sino que también me llegó a hacer una reflexión en cuanto a mi vida espiritual. ¿Qué estoy alimentando espiritualmente? ¿Está mi espíritu buscando constantemente cosas que alimenten mi relación con Dios? ¿O simplemente me estoy inclinando por realizar cosas que alimentan mi carne?


El apóstol Pablo en la epístola dirigida a la iglesia de Galicia les hablaba constantemente de esta lucha entre el espíritu y la carne, de manera tal que les resaltó la diferencia entre las obras de la carne y los frutos del espíritu. Y a esto añadió: «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (Gálatas 5:16-17).


Mientras nuestro espíritu nos empuja a leer la Palabra, orar en todo momento, leer, ver y escuchar contenido edificante y participar en conversaciones que nos acerquen a Dios, nuestra carne nos empujará a descuidar nuestros hábitos devocionales, consumir contenido opuesto a la edificación de nuestro espíritu y a estar en conversaciones en donde la crítica y la murmuración será su eje principal.

Esta alimentación de la que te hablo no solo influye en nuestro testimonio como cristianos, sino que también nos aleja del propósito para el cual fuimos llamados. Cuando nos preocupamos por sostener una vida devocional que va más allá de las horas que pasamos en nuestro rincón con el Señor y se refleja en cada una de las acciones que realizamos, qué vemos, qué escuchamos, qué decimos, nuestra vida espiritual se vuelve más consagrada y a medida que nos sumergimos en esa relación con Dios, nuestro ser nos exigirá que alimentemos esa conexión con la presencia del Señor.


Tomemos un momento para evaluarnos: ¿Qué tipo de conversaciones suelen estar en nuestro día a día? ¿Qué tipo de contenido me sugiere el algoritmo de Instagram? ¿Son cosas que me llevan a buscar mi biblia y me sumergen en un momento de adoración? ¿O es un contenido que solo me mantiene al tanto de las polémicas del momento del mundo de la farándula?

Nosotros somos templo del Espíritu Santo y como tal debemos hacer un máximo esfuerzo por hacer cosas que alimenten nuestra relación con Él, tal y como dijo Pablo en 1ra de Corintios 3:16-17 «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es».


Cuidar el templo del Espíritu Santo implica nutrirnos, tanto espiritual como físicamente, con un alimento que sea de beneficio para nuestro fortalecimiento espiritual y físico, respectivamente. Y como estoy consciente de la lucha que siempre tenemos, tanto con nuestra alimentación espiritual como con la física, quiero terminar en esta ocasión con una oración:

«Señor, reconozco que en ocasiones no consumo el alimento espiritual que mi alma necesita y me dejo llevar por las cosas que me alejan de la consagración que tú quieres para mi vida. Te pido en este momento que me des dominio propio para contrarrestar esos momentos que me tientan a alejarme de mi propósito.


De igual manera, te pido que me ayudes a ser determinada en cuidar el templo de tu Santo Espíritu. Ayúdame a ver, escuchar y hablar solo cosas que me edifiquen. Quiero cuidar mi cuerpo con hábitos saludables que me den la fortaleza para poder servirte desde la estabilidad de un cuerpo sano. En el nombre de Jesús. Amén.»

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