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Nuestro empeño en complicar la vida

"¡Qué complicada es la vida!" Esto nos lo repetimos una y otra vez cuando las cosas no salen como queríamos, cuando sentimos las situaciones se desvanecen en nuestras manos y cuando pensamos que el mundo gira en sentido contrario al que estamos.


Pero… La vida no es complicada; somos nosotras quienes la complicamos empeñándonos en recorrer caminos que Dios no nos ha indicado, en llenarnos de prejuicios y banalidades, en tener una lista de exigencias para poder sonreír y "ser feliz". Nos empeñamos en hacer de cada día un reto, convirtiendo el camino en un sendero doloroso que no disfrutamos, porque pretendemos disfrutarlo solo al llegar a la meta.

¡Ah, la meta! Cuando llegamos a ella, el tiempo pasa tan rápido que nuestra felicidad solo dura unos pocos segundos y de nuevo nos encontramos en el revuelo cotidiano de que “la vida es una lucha constante”.


Me pregunto, ¿Por qué insistir en no disfrutar de todo lo que somos y hemos logrado? ¿Por qué tenemos que llenarnos de límites y temores? ¿Por qué sentirnos incapaces de lograr lo que añoramos y lo que Dios ya ha dispuesto? ¡Estamos hechas para superar los obstáculos, para iluminar donde haya oscuridad, para demostrar que no existen los imposibles cuando se camina con Dios!


No seamos espectadoras de nuestras propias vidas, tomemos con orgullo y valentía el propósito que Dios ha puesto en nuestras manos. Necesitamos una dosis extra de fe, de optimismo, de vida… Ir por ahí siempre sintiendo pesados nuestros pasos, no debería ser a los que estemos acostumbradas.



Y es que la cuestión no es solo vivir, es hacerlo de manera adecuada; es aprender a disfrutar de ese segundo en el que abrimos los ojos y estamos rodeadas de milagros, teniendo todo un día para ser felices, para amar, para sonreír, para ser mejores, para sentir, para abrazar y besar a quienes amamos.


Todo depende de nuestra actitud ante la vida, nosotros decidimos quién nos puede afectar y quién no, qué nos afecta y qué no, qué nos empuja al abismo y qué nos eleva al cielo, qué amerita silencio y qué el grito de nuestras voces.


La tristeza existe, pero también existe la felicidad. Empecemos a amar la vida, a disfrutar cada detalle que el día nos depara. Deja sentir tus pasos, ¡Arriésgate y no te compliques tanto!

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