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Cuando aprendí a amarme...

Cuando aprendí a amarme, mi forma de vivir dejó de responder a los requerimientos de la sociedad para cumplir sólo con los de Dios.


Cuando aprendí a amarme, entendí que en esta vida me encontraría con todo tipo de personas, pero que yo era la responsable de poner ese filtro de a quién dejar entrar y a quién no.


De pronto, ya no me importaba si me señalaban o juzgaban, mientras estuviera viviendo bajo los preceptos de mi Señor. Las modas y estereotipos de repente se esfumaron de mis intereses y sentí compasión por aquellas personas que aún intentaban ajustarse a ellas.


Cuando aprendí a amarme, escuché al fin a mi corazón, mi instinto y mis pensamientos; recibiendo discernimiento y sabiduría para reconocer sus engaños. Las opiniones las comencé a ver como palabras de terceros y no como lo que necesariamente debía hacer. Pude identificar esos consejeros sabios, que se caracterizaban por el temor a Dios.


Cuando aprendí a amarme ya no me afectaban las acciones de otros hasta tal punto de hacerme pedazos, porque también entendí que sus actos eran sus actos y no los míos, y que yo sólo podía decidir cómo responder ante ello.


Cuando aprendí a amarme comencé a vivir despacito, a saborear cada instante y a bailar al ritmo de la vida. Empecé a reconocer mis virtudes y a amarme con cada uno de mis defectos, busqué la forma de superarme día a día y de parecerme cada día más a Jesús.


Cuando aprendí a amarme, tomé el miedo en mis manos y lo desvanecí con mi fe y fortaleza. Comencé a ir por ahí pisando fuerte, conquistando el mundo con todo lo que en Dios soy.



Cuando aprendí a amarme, entendí que querer alcanzar la perfección es un juego peligroso que debo evitar, que las caídas son mis enseñanzas y que cada pequeña victoria significaba mucho más de lo que pensaba. Empecé a apreciar todo lo que me rodeaba, a enamorarme de la identidad que Dios me había dado y a vivir para agradarle a Él.


Cuando aprendí a amarme, comencé a reírme a carcajadas, a agradecer por la vida y a disfrutar cada segundo de ella. Toda circunstancia tomó otro sentido y el viento sopló en mi dirección, ya nada parecía detenerme. Todo cambió. El mismo cuerpo pero con alma diferente, dispuesta a darlo todo pero sin perderse en el camino ni maltratar su esencia.


Un día desperté siendo otra mujer, con el alma tan hermosa y distinta que sólo quise enfocarme en aquella verdad de mi vida... Él, naciendo entonces en mí ese amor puro y sincero por sus bendiciones, esa gratitud que solo una mente y alma renovada pueden experimentar.


Cuando aprendí a amarme, sencillamente entendí la vida que Él creó para mí… y comencé a vivirla.

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